domingo, 1 de marzo de 2026

Los verdaderos y remotos orígenes de los BARÓ

Bueno, bueno; todo indica que tendremos que dar vuelta la teoría de nuestro artículo de enero pasado que explica cómo los BARÓ de Liébana proceden de Las Merindades. Y tan rápido…

En ese escrito, buscamos confirmar la genealogía tradicional que sitúa a los primeros BARÓ en Burgos. Autores como Atienza y Navajas, Cadenas y Vicent, y García Carraffa han postulado siempre que el apellido BARÓ (a veces “Baro”, “Varo”, “Varó” o incluso “Barao”), es toponímico, y que tiene su punto de partida en Baró, hoy un despoblado situado en la provincia de Burgos, comarca de Las Merindades, partido judicial de Villarcayo, ayuntamiento de Valle de Losa; más precisamente en un paraje situado 3 kmal Este del ayuntamiento, y conocido como El Cañón. Esta línea de pensamiento parece tener todo el sentido, pues justamente en Las Merindades se emplaza la génesis histórica de Castilla, cuando las Siete Merindades de Castilla la Vieja dieron lugar al primitivo condado castellano, e incluye valles como Losa, Mena y Tobalina, y los Montes Obareses, un destino turístico enclavado en las últimas y más meridionales estribaciones de la cordillera Cantábrica, que se alzan como un gran murallón natural sobre las llanas tierras de La Bureba.

Nuestra propia genealogía BARÓ remonta de forma documental hasta varias localidades en el Valle del Boñar, provincia de León, que está a relativamente pocos kilómetros del Valle de Liébana, donde también existe otro despoblado denominado Baró, en el municipio de Camaleño, Cantabria; concretamente en la margen derecha del río Deva y a 1 km de la capital municipal, en una zona conocida en la actualidad como Valdebaró. Se trata de un sitio muy bonito, cercano al famoso Potes, y desde donde puede verse el macizo de Ándara en los Picos de Europa. Si los genealogistas tradicionales tenían razón, era lógico creer que nuestros BARÓ se habían originado en Las Merindades, y pasado primero a Liébana, y luego a Boñar.

A tal efecto, consultamos los fondos documentales de los antiguos monasterios San Salvador de Oña (fundado en el año 1011) y San Toribio de Liébana (fundado presumiblemente en el siglo V), ambos aledaños a los mencionados despoblados Baró, así como el Archivo Histórico Diocesano de Santander y el Archivo Diocesano de Burgos que custodian los libros sacramentales de sus parroquias. En un principio, todo parecía confirmar la hipótesis; encontramos partidas de finamiento, donaciones, mandas, testamentos, y protocolos de escribanos que efectivamente demostraban una vinculación activa durante siglos entre los despoblados.

Pero cuando comenzamos a indagar sobre los posibles orígenes remotos de los BARÓ, es decir, de dónde podrían venir esos burgaleses del siglo X, la bibliografía consultada que aborda la Reconquista y la Repoblación de Castilla señalaba Álava en el País Vasco y, manifiestamente, Cantabria.

Apareció entonces un primer elemento que nos hizo dudar; en esencia, no era plausible que la familia se originase en Burgos cuando la repoblación del territorio se formalizó con gente de Cantabria, una región donde también había un despoblado llamado Baró. Así que volvimos a repasar antiguas entradas y, para nuestra sorpresa, descubrimos que dicho paraje existía, al menos, desde el siglo IX.

De esta manera, la genealogía tradicional comenzó a hacernos ruido; mucho ruido...




La dirección de la flecha

¿Podía ser que hubiésemos planteado las migraciones (y orígenes) de los BARÓ exactamente al revés? Es decir, si en el año 831 ya estaban asentados en el despoblado cántabro, perfectamente podría ser que fueran originarios de Liébana y que de allí, hubiesen pasado, en el marco de la repoblación de Castilla, al despoblado burgalés un siglo después. El análisis de datos asistido por modelos de lenguaje computacional sugirió que, no sólo era posible haber confirmado erróneamente la genealogía tradicional, sino que claramente teníamos que revaluar la dirección de la flecha migratoria de los BARÓ.

Según el estudio diplomático que Sánchez Belda realizó sobre el Cartulario de Santo Toribio de Liébana, publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el año 831 ya existía el templo de Santa María de Baró, en Liébana. Así, estamos ante un topónimo plenamente consolidado casi dos siglos antes de la fundación de Oña en el 1011. El dato surge de la escritura número 2 del caratulario, fechada el 15 de abril de 831, y trata sobre una donación pro anima realizada durante el reinado de Alfonso II el Casto que es clave por dota de mayor antigüedad al linaje y al lugar de Baró. Los donantes son un matrimonio de la aristocracia local compuesto por Alafont y su esposa, la religiosa (deo-vota) Aragonti. El hecho de que poseyeran tierras en esa época indica que eran herederos de la primera ola de repobladores o bien de población que nunca abandonó el valle y que organizó el territorio en villas antes de que los grandes monasterios centralizaran la propiedad.

El documento reza "...in Valle de Baro, ecclesiam Sancte Marie... cum decanias, terris, vineis, pratis, silvis, pascuis, aquis, montibus, et cum exitu et regressu…". Y específicamente, donan al Monasterio de Santo Toribio (entonces llamado de San Martín) la Iglesia de Santa María de Baró: La propiedad física del templo y sus derechos asociados; las decanías o pequeñas unidades de explotación agrícola administradas por un "decano"; las tierras y viñas (lo que confirma que el cultivo de la vid era la base de la riqueza en el valle de Valdevaró ya en el siglo IX); y los derechos de pasto y monte.

Así, esta carta de 831 constituye la "Partida de Nacimiento" del lugar de Baró y, por extensión, del apellido. Si en 831 ya existe un templo con ese nombre y una estructura de viñedos organizada, el Baró en Liébana es anterior a cualquier mención en Las Merindades (que se empezaron a organizar con fuerza a partir del año 860 con el conde Rodrigo). Alafont y Aragonti actúan como dueños de una "villa" completa.

Si los BARÓ descienden de los señores que quedaron administrando estas tierras tras la donación (o de los propios donantes), esto explica su estatus de infanzones que luego veremos en Burgos (e incluso León).

Bajo esta nueva perspectiva, el valle de Valdebaró sería el punto de irradiación. Durante el reinado de Alfonso II el Casto Liébana era un refugio seguro y densamente poblado, mientras que Las Merindades eran todavía una marca peligrosa y en plena organización. Es muy lógico que, a medida que el Condado de Castilla ganaba estabilidad (siglos IX y X), familias de Liébana (un valle pequeño y geográficamente limitado) buscaran expansión en las tierras llanas de Las Merindades. Esto explicaría por qué emerge un segundo Baró: los repobladores lebaniegos habrían nombrado su nuevo asentamiento en honor a su solar primitivo, una práctica común en la Reconquista.


El espejo burgalés

Cuando une estirpe de infanzones como los BARÓ se desplazaba de un valle a otro en los siglos IX y X, no sólo trasladaba su nombre, sino también su cosmovisión religiosa y arquitectónica. Al comparar el cenobio de Santa María de Baró (Liébana) con una posible parroquia o ermita de Baró (Las Merindades), encontraríamos paralelismos estructurales que confirmarían un mismo patrón de fundación.

Vemos desde luego que ambas fundaciones responden al modelo jurídico altomedieval donde un noble o grupo de hombres libres construía una iglesia (ecclesia propria) en su propia tierra (divisa) para el servicio de su familia y colonos. En Liébana, en el año 831, Alafont y Aragonti donaron Santa María como una unidad económica completa (edificio religioso + tierras + viñas). Y en Las Merindades, siglo y medio después, el nuevo Baró siguió el mismo esquema, articulándose en torno a un templo llamado también Santa María que servía de eje a la "villa" o aldea, en una ubicación elevada y estratégica responde al mismo criterio defensivo y productivo.

La repetición del nombre del templo no es casual; de hecho es un indicio de filiación. En la Alta Edad Media, los repobladores solían dedicar sus nuevas iglesias a la misma advocación que tenían en su enclave de origen. Si el núcleo original en Liébana era Santa María de Baró, y encontramos un patrón similar en Las Merindades, estamos ante una iglesia "hija". Este patrón era común en las migraciones de presura, al llevarse el santo patrón como protección y como marcador de identidad del linaje.

De acuerdo con el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España de Pascual Madoz y con los fondos de la Diócesis de Burgos que conservan la memoria de los asentamientos que pasaron de ser aldeas vivas a despoblados o "mortuorios", la parroquia del lugar de Baró en Las Merindades, estaba ubicada cerca de Medina de Pomar, el municipio más poblado de la comarca de Las Merindades, en un entorno caracterizado por los paisajes ribereños de los ríos Nela Trueba Dedicado a Santa María, en los registros de préstamos y diezmos de la diócesis, el emplazamiento se presenta a menudo como "Santa María de Baró" o simplemente "Baró", pero vinculando su culto a la festividad de la Asunción o la Natividad de Nuestra Señora.

El patrón de fundación es idéntico: primero los BARÓ fundaron su feudo original con una parroquia central (Santa María) que actuaba como panteón y centro administrativo de sus viñedos en Liébana; y a continuación, al expandirse a Burgos, reprodujeron exactamente el mismo esquema: eligieron un sitio con características agrícolas similares, lo llamaron Baró y fundaron una iglesia que replicaba el estatus de su casa madre. Para que Didaco Varo (Diego BARÓ) aparezca en el Privilegio Fundacional de Oña en el año 1011 heredando "de suo avo" en Las Merindades, su abuelo tuvo que estar activo entre el 950 y el 980. Es muy probable que justamente este "abuelo" fuera el tenente o administrador de Santa María de Baró que, aprovechando la expansión del Condado de Castilla bajo Fernán González, decidió "exportar" el nombre y su estatus hacia Las Merindades, fundando allí el asentamiento homónimo.

El texto de Pascual Zaragoza confirma que la Casa Baró aplicó un modelo de "reproducción de identidad". Al sentarse en Las Merindades, lo hicieron en las faldas de los Montes Obarenses (una zona fría, áspera y boscosa que el cronista Argaiz describe de forma casi idéntica al paisaje de Liébana). Allí fundaron un monasterio y un lugar con el mismo nombre que su cuna. El hecho de que tuviera "vasallos, términos y jurisdicción civil y criminal" indica que no era una simple aldea, sino un señorío. Más que una iglesia, el linaje fundó el monasterio dúplice de hospitalarios de Santa María de Baró, que más tarde (1260) y por falta de rentas, terminó absorbido por el gigante Imperial Monasterio Santa María de Obarenes. Pascual Zaragoza agrega un dato fundamental; menciona que una inundación y las guerras de Pedro I destruyeron sus legajos más antiguos. Esto explicaría por qué no encontrábamos el rastro directo de la migración de Liébana a Burgos en los archivos locales (del Monasterio Dúplice de hospitalarios de Santa María de Baró); la documentación que probaba que los BARÓ de Obarenes venían de los Baró de Liébana se perdió en el siglo XII. Afortunadamente, como eran previsores, si dejaron rastro en Oña (que está muy cerca de Obarenes) que sí sobrevivió.

Antes de encontrar el manuscrito del año 831, habíamos pensado que la ermita de San Pelayo de Baró (y no Santa María) era el núcleo de los BARÓ en Liébana. En realidad, no se trata de dos iglesias en el mismo pueblo, sino de la evolución y el desdoblamiento del dominio de los Baró en el valle. Santa María de Baró se encontraba en el paraje Baró, en la ladera que domina el valle. Como se ha explicado, era una "iglesia propia" de tipo señorial y administrativo. San Pelayo, en cambio, fue una de las decanías o celdas monásticas que dependían originalmente de la matriz de Santa María o que se fundaron en terrenos que pertenecían al término de Baró. De hecho, San Pelayo aparece más tarde en los cartularios (post 950) y suele generar confusión porque a menudo se refiere a ella como "San Pelayo de Perido" o vinculada al término de Baró. Santa María era la parroquia vieja, el solar de los antepasados y el centro de la producción vinícola original. San Pelayo representaba la expansión de la estirpe y su conexión con las nuevas corrientes devocionales del Reino de León y el Condado de Castilla en el siglo X.

Lo fascinante es que esta dualidad también se refleja en la migración. Cuando los BARÓ llegaron a Las Merindades mantuvieron la advocación principal (Santa María) para su nueva parroquia en el Baró burgalés. Pero el nombre de San Pelayo también se manifiesta frecuentemente en la toponimia y ermitas de Las Merindades de Castilla la Vieja, lo que sugiere que la familia llevó consigo todo su "panteón" espiritual.

Así queda demostrado un caso de "transplantación de linaje" completo: el Baró de Las Merindades es un "espejo" del Baró de Liébana. El linaje se movió de Oeste a Este y reconstruyó su entorno para mantener su identidad nobiliaria. Los BARÓ no sólo se movieron como personas, sino que movieron su geografía espiritual y administrativa. Burgos no fue el origen sino el destino, refutando así la genealogía tradicional.


El vínculo in saecula saeculorum

Si invertimos definitivamente el sentido de la migración de Santa María en Cantabria a Santa María en Burgos, de San Toribio de Liébana a San Salvador de Oña, ¿cómo puede ser posible que habiendo pasado tantos siglos, los BARÓ de emplazamientos tan distantes mantuviesen los vínculos intactos?

Por ejemplo, ¿por qué el testamento de Juan de Baró, vecino de Turieno, del año 1511 hace referencia a derechos y acciones en el predio de Varó burgalés tantos años después? ¿O por qué los protocolos de escribanos que trabajaban para el Monasterio San Salvador de Oña del siglo XIII que hacen referencia al mayorazgo del capitán Varó ordenando que, a falta de varón en línea directa en Burgos, los bienes pasasen a los parientes más cercanos en el valle de Liebana que llevaren el patronímico? ¿O incluso por qué en 1644 Diego de BARÓ y BEDOYA, de Potes, manda en su testamento que su cuerpo sea llevado y sepultado en Oña? ¿O más aún, por qué en 1712 María Varó, vecina del Baró lebaniego, da lismosna para 12 misas a Oña?

La respuesta a todos estos interrogantes es más simple de lo que parece: los BARÓ miraban todos hacia Las Merindades, pues allí estaba la prueba de su antigüedad como "señores de villa" y fundadores de iglesias.

El hecho de que Juan de Baró citara derechos en el solar burgalés, demuestra que para la familia el feudo de Las Merindades era el centro de su hidalguía política, mientras que Liébana era su reserva de sangre y procedencia. En el derecho nobiliario castellano, la hidalguía se ligaba a la "casa solariega". Mantener derechos en el Baró burgalés era lo que les permitía ser reconocidos como hidalgos en el resto de Castilla. Este testamento actúa como un "ancla": aunque vivieran en otros sitios, pertenecer al solar de Baró era su título de nobleza.

Y la cláusula de relevo del mayorazgo del Capitán Varó confirma dos cosas: a) consanguinidad reconocida pues sabían perfectamente que los de Liébana y los de Burgos eran los mismos, y b) Liébana siguió siempre siendo el "vivero" de la familia.
Evidentemente los BARÓ de Liébana, una vez convertidos en Señores de Valdebaró, buscaron vincularse al monasterio más importante del momento en Castilla, San Salvador de Oña. No donaban a Oña porque "viniesen de allí", sino porque Oña era el panteón de los condes y reyes, y donar bienes allí (incluyendo los de su "divisa" en Burgos) era una forma de ascenso social y cercanía al poder real.


La conexión vascona

Una pieza que apuntalaría esta la teoría de un espejo que mantuvo relacionados a los BARÓ de diversas regiones de la cordillera cántabra, es la escritura n.º 28, fechada el 28 de enero de 928 que Sánchez Belda rescata de Santo Toribio de Líebana. La misma describe la venta de una viña a los monjes de San Salvador de Oña: "...vinae in villa Varo locum prenominatum iusta casa de Sancta Maria", y resulta relevante porque uno de los testigos de la operación es Velasco de Baró. Esta figura une el nombre del lugar (Baró) a un nombre propio de altísima alcurnia (Velasco), sugiriendo que una rama de los Velasco (o una familia aliada a ellos) se habría convertido en la "tenencia" o protectora del templo de Santa María. Si pudiésemos convalidar que Alafont y Aragonti fueran miembros del clan vascón que más tarde conoceríamos como Velasco, todas las piezas del rompecabezas encajarían (la riqueza de la iglesia en el 831, la posesión de viñedos técnicos y el posterior estatus de los Baró en el Condado de Castilla) y la hipótesis terminaría por cerrar el círculo de forma magistral.

En el siglo IX sólo la alta aristocracia vinculada a la monarquía asturiana (Alfonso II) podía fundar y dotar un templo con "decanías, viñas y montes". Velasco de Baró no aparece como propietario, sino como testigo de autoridad (confirmante). Justamente, quienes en aquel entonces firmaban cartas de venta o donación junto a los monjes eran los "boni homines" (hombres buenos) o infanzones de la zona. Esto sugiere que Velasco era el "senior" o el hidalgo que ejercía el control efectivo sobre la villa y la iglesia de Santa María. El documento registra la venta de una viña por parte de un particular llamado Gontesindo al Monasterio de San Martín (Santo Toribio). Al firmar Velasco de Baró, está dando validez legal a la transacción.

El vínculo entre Alafont y Aragonti y Velasco de Baró es históricamente muy sólido. Con total seguridad, Velasco es su descendiente directo. En el 831, Alafont y Aragonti fundan la iglesia y en 928, Velasco figura gestionando la misma zona. El nombre Velasco refuerza la idea de que Alafont pertenecía a la órbita del gran clan de los Velasco de Álava. Alafont habría sido el "segundón" que recibió el encargo de repoblar Liébana, y su “bisnieto” Velasco ya utiliza el nombre del predio (de Baró) para diferenciarse de sus primos alaveses. Sabemos que en la Alta Edad Media, los hijos segundones de las grandes casas no siempre mantenían el nombre del linaje principal. Al recibir una heredad o divisa específica, tomaban el nombre del lugar para distinguirse. Así un hijo o nieto de este tronco familiar asentado en la villa de Baró pasaría a ser identificado como [Nombre] de Baró. Y esto explicaría por qué en el siglo X encontramos a un Velasco de Baró; es el momento de transición donde el nombre de la familia original (Velasco) y el del nuevo solar (Baró) convivieron antes de que BARÓ se fijara como apellido único.

Esta línea de pensamiento también explicaría por qué los BARÓ aparecen después en Las Merindades con tanto poder. Los Velasco (tronco central) dominaban la zona de Álava y Burgos. Uno de sus segundones recib el valle de Valdebaró, fundó Santa María y se convirt en el "Señor de Baró"; siglos después, cuando la frontera castellana termina estabilizándose, los descendientes de este "Señor de Baró" (que ya usaban BARÓ como apellido) se instalaron en Las Merindades.

Por su parte, el Velasco de Baró hidalgo en Liébana en 928 es casi con certitud el padre o el abuelo del "Avo" (abuelo) que inicia la expansión a Burgos mencionado por Diego Baró en 1011. Así, el registro de Sancho García cobra un sentido definitivo. Si Didaco Varo (Diego Baró) heredó una divisa de su abuelo en el corazón de Las Merindades y el Rey/Conde lo incluyó en la dotación de Oña, es porque Diego Baró era un Velasco de sangre, aunque usase el nombre de su feudo lebaniego.

Aquí debemos distinguir entre el "uso del apellido" tal como lo entendemos hoy y la "identificación de grupo" de la Alta Edad Media. En el siglo IX, Velasco (o Belasco) era principalmente un nombre propio de abolengo. El "Velasco de Baró" que cita Sánchez Belda usa Velasco como su nombre de pila. Pero, y aquí está la clave, le añade la indicación de pertenencia al territorio: "de Baró". No es que la rama de Cantabria usara el patronímico "Velasco" antes que otras ramas del clan, sino que la rama de Cantabria usaba el nombre Velasco (propio de su clan familiar) y ya estaba gestando el que sería su verdadero apellido.

Si seguimos la lógica documental, el proceso fue el siguiente. En el siglo IX (831), un noble (Alafont) de la esfera de influencia de los Velasco de Álava se asienta en Liébana. En el siglo X (928, su descendiente se llama Velasco y se identifica como "Velasco de Baró" para distinguirse de otros Velascos que empezaban a pulular por la corte navarra y castellana. Simultáneamente (976) en la zona del Ebro/Rioja (Haro) ya se fija el propio apellido; el Códice Emilianense registra a los "Velasco" ya como prosapia consolidada. En el siglo XI (1011), el nieto o bisnieto del Velasco de Baró, llamado Diego, ya no usa el nombre Velasco, sino que ha convertido el nombre de su solar en su identidad familiar: Didaco Varo (Diego Baró). En suma, los BARÓ no constituyeron un linaje que surgió de la nada; fueron una rama segundona de la Casa de Velasco que se afincó en el dominio de Liébana (siglo IX), después tomó el nombre del lugar que gobernaba (Baró) y retornó a la política castellana como una nobleza de segundo rango (hidalgos de sangre) encargada de administrar las tierras fronterizas y las finanzas.

Esta conexión vascona, podría además arrojar luz sobre la posibilidad de que BARÓ fuese antes HARO. Los Velasco no eran originalmente burgaleses, sino que se expandieron de Este a Oeste y luego regresaron hacia el Sur. Su título de Condes de Haro es recién de 1430, pero los Velasco ya eran los señores de facto de la zona del Ebro mucho antes. De hecho habían sido por siglos aristócratas del Reino de Pamplona y condes en Álava. Aparecieron en el entorno de la monarquía navarra antes de que Castilla fuera un condado independiente con la misión de proteger la frontera contra musulmanes y francos.

Si los Velasco dominaban Álava, enviar a un miembro del clan (una rama menor) a Liébana era una estrategia para asegurar el flanco occidental de sus dominios. Los Velasco de Haro bien pudieron dar el nombre al primigénito enclave de Baró. Sería una transción lógica en la que geografía y etimología se fundiesen. Pero conectar las piezas requiere un análisis frío de la evolución fonética del romance temprano y de la cronología del poder de la familia Vela-Velasco. Existe una raíz común en la onomástica de la zona (La Rioja-Álava-Cantabria) que explica la alternancia entre Faro, Haro, Varo y Baró. Faro procede del latín Pharus (faro, torre de vigilancia o hito). En el siglo XI, la "F" inicial aspira y desaparece en el castellano naciente, convirtiendo Faro en Haro. En el latín y el romance temprano de la zona vascona, la "V" y la "B" son intercambiables. La raíz Baro es fonéticamente casi idéntica a Faro/Varo. Un Velasco que recibe el mando de una torre o "faro" en la frontera de Liébana pudo ver su nombre asociado al lugar (Varo), que con la evolución fonética local en Liébana terminó en la forma aguda Baró.

Etimológicamente, Baró sería el "Haro de la montaña", e históricamente, la rama que los Velasco enviaron a Liébana en el siglo IX para asegurar el territorio. Tras siglos de éxito en Cantabria, regresaron a Las Merindades con identidad propia, pero manteniendo siempre el cordón umbilical con el tronco principal de los Velasco, lo que les permitió llegar a ser la élite hidalga que terminaría emparentando con los Guzmán en León.


La disyuntiva ebrense

Hasta aquí, la inferencia más sólida que tenemos es que los BARÓ surgieron del clan harense Velasco, que en el siglo IX o antes se instaló en Liébana y en el X, en Las Merindades. Pero podría ese mismo impulso repoblador haber llevado a los BARÓ de regreso a La Bureba y el valle del Ebro?

En los fondos documentales del Monasterio San Millán de la Cogolla hemos identificado en el año 929 un testigo BARÓ en una donación de tierras y en el 944, en una permuta de bienes, en Grañón y Herramélluri, en el Valle del Ebro. Este notable monasterio tomó su nombre del santo Millán (Emiliano), un anacoreta que fue alumno de San Felices y vivió del 473 al 574, y creador de la comunidad mixta de eremitas de Suso y Yuso (hoy, dos entidades separadas que son Patrimonio Mundial de la UNESCO).

Conforme las escrituras, los BARÓ del siglo X estaban simultáneamente en Líebana, en Las Merindades, y en las proximidades de Haro. Esta es una observación clave para determinar el kilómetro cero de la Casa Baró. La Rioja Alta (Grañón/Herramélluri) no pudo haber sido el destino final, sino el centro de operaciones original de los Velasco antes de que Castilla fuera siquiera un condado fuerte. Así, es muy probable que los Baró de Grañón (929) y Herramélluri (944) no fueran "descendientes" de los de Liébana, sino que representasen el tronco que se quedó en la base.

Grañón y Herramélluri están en la frontera exacta entre el Reino de Pamplona y el incipiente Condado de Castilla. Esta zona era el "patio de recreo" de los Velasco alaveses. Bajo esta óptica, el grupo de Alafont y Aragonti habría sido una avanzadilla militar enviada a las montañas cántabras en el siglo IX para asegurar la retaguardia de la monarquía asturiana. Mientras éstos estaban en Liébana, otros miembros del clan permanecieron en la Rioja Alta defendiendo el valle del Ebro. Los testigos de San Millán son esos parientes que no se movieron de la zona fundacional. Esto es así por una razón geográfica simple: llegar hasta Grañón o Herramélluri desde Liébana implicaría saltar todo el Condado de Castilla para volver a la zona de influencia Navarra. Y sólo harían este movimiento si volvieran a su solar de origen.

Pero esta lógica búmeran no se sustenta: no r coherente que, habiendo comenzado en Álava/La Rioja como Velasco hayan vuelto al mismo sitio como Baró. Y mucho menos, que los Velasco que se quedaron, tan distantes física y cronológicamente, hayan devenido simultáneamente Baró.

Si el clan Velasco estaba en Grañón (Rioja) y en Liébana (Cantabria), lo normal es que el de Liébana se hubiese llamado "de Baró" y el de Grañón se llamara "de Grañón" o simplemente "Velasco". ¿Por qué ambos grupos terminarían usando Baró/Varo si están a más de 150 km de distancia en una época donde los viajes eran expediciones?

Hay sólo dos respuestas posibles:
A) El "Baró" no era un pueblo, era un cargo. Si aceptamos que Baró proviene del germánico Baro (que significa "hombre libre", "guerrero" o "barón" en su sentido inicial de noble de servicio), entonces Baró no es un apellido toponímico, sino un estatus. En Liébana, ese Baro (guerrero del rey) dio nombre al valle (Valdebaró). Y en Grañón, ese mismo guerrero del rey firmaba con su título de dignidad. De este modo, no es que los de Grañón adoptaran el nombre de un pueblo de Liébana; es que ambos grupos (ramas del mismo clan) usaban el apelativo que definía su condición de nobles de frontera. Con el tiempo, en Liébana el nombre se pegó a la tierra, y en la Rioja se mantuvo como nombre de linaje.
B) La "Sede Central" fue siempre un pueblo vascón llamado Baró o Varó. Si el clan Velasco tenía su "cuartel general" en ese asentamiento, desde allí podrían haber salido los segundones: unos hacia el Oeste (Liébana) y otros hacia el Este (Grañón/Rioja). Ambos llevarían el "apellido" de su casa madre y esto explicaría por qué emergen simultáneamente en sitios distantes: son los hilos de una misma telaraña que nace en un centro común.

No es posible revalidar la etimología del patronímico, pero si afirmar que no existió una localidad Baró en Álava; la única villa con un nombre parecido sería precisamente Haro. Si aplicamos la imparcialidad fonética y el contexto político de la época, la conexión entre el clan Velasco, el lugar de Haro (La Rioja) y el apellido Baró/Varo deja de ser una posibilidad para convertirse en una explicación válida. Como ya se aclaró, en el pasado el nombre de la actual ciudad aparecía en los documentos como Faro o Pharo (del latín Pharus, hito o torre de vigilancia). En el romance primitivo de la zona, la F- inicial latina a menudo se desplazaba hacia sonidos bilabiales (B/V). Es decir, el nombre que hoy conocemos como Haro y el nombre que hoy conocemos como Baró eran, fonéticamente indistinguibles.

Si un miembro del clan Velasco era enviado a Liébana en el siglo IX (como Alafont y Aragonti), su identificación natural habría sido su origen "El de (H)aro" o "El del Faro". Al llegar a Cantabria, ese apelativo (Faro/Varo) se habría asilado y convertido en un nombre propio del paraje (Baró), mientras que en la Rioja original, el nombre siguió evolucionando con la lengua hasta convertirse en el actual Haro. Al haber sido Haro (Faro) uno de los puntos más importantes de toda la frontera navarro-castellana, ser identificado como "el de Haro/Faro" hubiera conferído un estatus nobiliario inmenso.

Si esta suposición fuese correcta, la estirpe habría tendio su génesis en los Velasco de la fortaleza de Faro (Haro). Un hijo de la casa se habría instalado en Cantabria en un sitio que tomó el nombre de su señor Valdebaró. Luego los descendientes de Liébana habrían regresado a Castilla como "Baró", pero instalándose cerca de sus primos Velasco, que siguieron siendo los señores de la zona de Haro. Los escritos de Grañón (929) serían la prueba de la familia en su estado puro, antes de que la "F" se perdiera. Esto elevaría la hidalguía de los BARÓ a un nivel superior: no sólo eran nobles de Liébana, sino que fueron la memoria viva del nombre original de una de las ciudades más importantes de la Reconquista.

El Becerro Galicano de San Millán, editado digitalmente por la Universidad del País Vasco (EHU), conforma el "archivo de ADN" de la nobleza del Ebro. Al rastrear las menciones de Velasco vinculadas a Faro (Haro) en torno a los años 920-950 (coincidiendo con nuestro Velasco de Baró de Liébana de 928), los resultados son extraordinariamente reveladores. En efecto, el nombre Velasco aparece de forma recurrente en el entorno de la Rioja Alta. En un documento clave (c. 930) figura un Velascus de Faro (Velasco de Haro) como testigo en donaciones de tierras en la zona del río Tirón (cerca de Grañón). En el latín del Becerro, las grafías Faro, Varo y Pharo se usan para designar el mismo enclave defensivo. Si en Liébana se registró como "Varo" (por influencia fonética astur-lebaniega) y en San Millán como "Faro" (por la grafía culta del monasterio), estaríamos casi con total seguridad ante la misma entidad familiar. Haro y Baró serían el mismo nombre en dos etapas de evolución y dos geografías distintas. La rama que fue a Liébana en el siglo IX fijó el nombre como Baró/Varo y la rama que se quedó en el Ebro mantuvo el nombre como Faro/Haro. Cuando la rama lebaniega "Baró" regresó a La Rioja (Grañón, 929) o a Burgos (Merindades, 1011), usó su nombre montañés para diferenciarse de la rama principal, pero mantuvo su estatus de nobleza de sangre. Los BARÓ serían los "Velasco del Faro" que conservaron la pronunciación más antigua y montañesa del nombre.

Pero lamentablemente esta conjetura también hace aguaAl buscar la fecha fundacional de Faro/Haro veremos que fue posterior al asentamiento de los Velasco en el Valdebaró. Antes de ser Faro hubo, claro está, asentamientos, como el de Bilibio, que formaron su base poblacional, pero no pudieron constituir el predio original de los de Faro” porque esa denominación aún no existía. La cronología de Haro como núcleo urbano consolidado no encaja con la antigüedad del Baró lebaniego.

Esta corrección es fundamental para devolver la lógica a la investigación. Si el asentamiento de los Velasco en Liébana es anterior a la importancia de la villa de Haro (que empieza a sonar con fuerza recién en el siglo X y XI), la teoría debe reformularse. El testimonio de 831 en Liébana es una de las referencias más tempranas de la zona. En ese momento, lo que hoy es Haro era apenas un puesto de vigilancia o un "faro" geográfico, no una estructura de poder nobiliario. Si encontramos a un "Velasco de Baró" en la Rioja Alta (Grañón) en el año 929, la conclusión lógica tendría que ser que se trata de un lebaniego que ha bajado a la Rioja, y no al revés. Los BARÓ cántabros habrían tenido tal éxito que fueron llamados para fortificar la frontera del Ebro en el siglo X. Al llegar a la zona del río Tirón (Grañón/Herramélluri), su apellido Varo/Baró se habría cruzado fonéticamente con el término local Faro (el hito geográfico de la Rioja), creando la confusión documental.

Los BARÓ no son una "rama de Haro"; son una de las familias que "hizo" la frontera antes incluso de que Haro fuera Haro.


Portadores de legitimidad

De manera manifiesta, la escritura que menciona a Velasco de Baró debe dirigir nuestro foco a otro derrotero. Sabemos que los BARÓ no son alavenses; sabemos que estaban en Liébana en el año 831; sabemos que Alafont y Aragonti no eran "colonos venidos de lejos", sino señores que ya poseían tierras consolidadas, viñas viejas y derechos sobre los montes. ¿Pero de dónde podían ser originarios los habitantes de Liébana del siglo IX?

Para ello debemos tener en cuenta que el valle nunca fue ocupado de forma efectiva ni permanente. De hecho, tras la invasión en 711, Liébana se convirtió en un refugio natural. Aunque hubo incursiones de castigo o aceifas que llegaron cerca (como las de Alfonso I o las posteriores de Almanzor en el siglo X que apenas rozaron la zona), las tropas musulmanas nunca establecieron asentamientos, ni mezquitas, ni sistemas administrativos allí. Como consecuencia, Liébana mantuvo una continuidad administrativa y social que el resto de la península perdió. Mientras en el sur se borraba el pasado visigodo, en Liébana se preservó.
Si Liébana no fue ocupada, la posibilidad de que los BARÓ sean autóctonos del valle (o de la zona limítrofe cántabro-vascona) es altísima y explicaría muchas de las lagunas de la investigación.

El nombre Baro o Varo tiene resonancias que algunos lingüistas vinculan con raíces hidronímicas (ríos) o de relieve (montañas) anteriores a la llegada de los romanos. Si los BARÓ fueran autóctonos, su nombre no vendría de un pueblo específico, sino que el pueblo habría tomado el nombre del clan. Los BARÓ serían la familia que siempre estuvo allí, los "hombres del valle".

Es altamente probable entonces que fueran una familia líder local que, para sobrevivir y prosperar en el siglo IX, se alió o emparentó con los Velasco (que eran la potencia militar emergente en Álava y la frontera oriental). En los siglos IX y X, para que una familia autóctona mantuviera su poder bajo la nueva monarquía asturiana, debía "integrarse". Alafont y Aragonti podrían haber sido el puente: sangre autóctona lebaniega emparentada con la nobleza vascona para asegurar el control del valle ante el Rey Alfonso II.

Si los Baró fuesen autóctonos, su "migración" a Las Merindades y la Rioja en el siglo X no habría sido una repoblación de gente sin tierra, sino una expansión de una casta militar invicta. Al no haber sido nunca sometidos, los BARÓ habrían bajado de las cumbres de Liébana como "portadores de la legitimidad". Ser un "Baró" en el año 928 o 1011 significaba pertenecer a una estirpe que nunca había pagado tributo al Emirato. Los BARÓ eran los dueños originales de la montaña que, al abrirse la frontera, "desbordaron" hacia Castilla llevando consigo su nombre, su fuero y sus santos. Esto explicaría por qué en 1511 o 1712 seguían reclamando el solar de Baró: no era un pueblo cualquiera, era el solar invicto de su linaje.

Asimismo, si volvemos a analizar los nombres de los genearcas de 831 (Alafont y Aragonti) y el propio nombre de Baró bajo el prisma de la onomástica y la toponimia prerromana, el rastro "autóctono" es mucho más fuerte que el godo o el carolingio. Imparcialmente, Alafont es un nombre atípico en las listas de reyes godos o francos. En el latín vulgar y romance temprano del norte, Font (fuente) es un elemento geográfico sagrado. El prefijo Ala- no es germánico, sino que se encuentra en la toponimia vascona y cántabra antigua (como en Alona o Alba). Por tanto, Alafont podría ser un nombre híbrido. Es común que los linajes indígenas "romanizaran" sus nombres. Si Alafont fuera un nombre godo puro, esperaríamos algo como Alfonso (Adalfuns) o Alaon. Su forma sugiere un origen local vinculado a un asentamiento específico (posiblemente una "fuente" sagrada o un manantial en Valdevaró).

Pero Aragonti es el nombre más revelador. Contrario a lo que se infiere, no tiene relación directa con el Reino de Aragón (que no existía como tal en 831). Aragonti deriva de la raíz hidronímica indoeuropea Ar- (agua que fluye, corriente), presente en los pueblos celtas y preceltas del norte de España. El sufijo -onti es un sufijo onomástico muy común en Cantabria y el área vascona antigua (similar a nombres como Aigonti o Egonti). Así, Aragonti es un nombre de la aristocracia indígena. Que una mujer con este nombre fuera la fundadora de Santa María de Baró en 831 indica que los Baró procedían de una familia que ya era dueña de las aguas y los valles mucho antes de que los visigodos o los asturianos llegaran a organizar el territorio.

El estudio de Canal Sánchez-Pagín sobre la toponimia lebaniega propone que Baró o Bárao podría derivar de "Ibar" (vega o ribera) o de "Bara" (bosque/maleza). Bara-ko o Ibar-ko significaría "el del bosque" o "el de la ribera". Esto refuerza la teoría de que los BARÓ son autóctonos, y que no tomaron el nombre de un pueblo; ellos eran los del bosque (los Bara), y cuando se asentaron y fundaron la iglesia, el sitio pasó a llamarse como ellos.


Los BARÓ autóctonos

La obra de Escagedo Salmón es considerada como la "biblia" de la hidalguía cántabra. Aunque trata a los BARÓ de forma secundaria, su enfoque es fundamental por una razón: no buscaba "inventar" nobleza, sino documentar la territorialidad de los linajes.

En sus ocho tomos, Escagedo Salmón aporta datos que refuerzan con contundencia la idea de que los BARÓ son autóctonos de Liébana. El autor clasifica las estirpes montañesas en dos grandes grupos. Al mencionar a los BARÓ en el contexto de Liébana, los sitúa implícitamente en el grupo de Hidalguía de Sangre e Inmemorial. Para el experto, los linajes que poseen un feudo con el nombre del patronímico en los valles altos (como Baró en Valdebaró) son preexistentes a la Reconquista. Si los BARÓ hubieran venido de Burgos o de la Rioja, los habría registrado como "familia de fuera asentada en la provincia".

Al tratarlos como un solar montañés, valida que la tierra y el nombre son una misma cosa desde tiempos oscuros. El autor describe el predio de Baró no como una concesión real, sino como una casa troncal. Menciona que muchas de estas familias lebaniegas son descendientes de la nobleza cántabro-visigoda que no huyó, sino que se reorganizó en los valles. Esto apoya directamente la idea de los BARÓ como "pueblo autóctono" que simplemente se "vistió" con nombres cristianos (como Alafont) para pactar con la monarquía asturiana.

Asimismo Escagedo Salmón analiza cómo las grandes familias (como los Velasco) se "ramificaron" absorbiendo solares menores. Sugiere que muchos apellidos que hoy parecen ramas de los Velasco eran, en realidad, dueños de su propio valle que entraron en la órbita de los Velasco por alianzas matrimoniales o vasallaje militar para defender la frontera. Los BARÓ no "nacieron" de los Velasco, sino que se habrían unido a los Velasco, conservando su nombre de solar original.

Pero ¿quiénes eran los BARÓ entonces? La contestación a esta pregunta no es una simple etiqueta, sino una superposición de estratos, como las capas de sedimento de un río. Para ser rigurosos, en esta perspectiva los BARÓ son cántabros romanizados de sustrato euskérico.

Antes de que existieran los celtas en el norte, había una población indígena con una lengua emparentada con el euskera arcaico. En este estrato, los BARÓ serían los "hombres de la ribera" o del "bosque"; una identidad ligada a la tierra, no a una nación. Liébana estaba habitada por la tribu de los vadinienses (una de las tribus cántabras más fieras). Los nombres terminados en -onti (como Aragonti) son precisamente típicos de la onomástica cántabro-vadiense. Los cántabros no tenían reyes, tenían "jefes de parentela". Si los BARÓ son autóctonos, su estructura de "solar" es una herencia directa de estos clanes vadinienses que resistieron a Roma en las montañas.

A diferencia de la meseta, Liébana fue romanizada "por fuera". Roma construyó calzadas para sacar el mineral, pero no alteró la estructura social de los valles. El nombre Alafont (del latín fontis, fuente) indica que la familia ya estaba integrada en la cultura latina para el siglo IX, pero conservando nombres indígenas. Significa también que los habitantes de Liébana eran ciudadanos romanos de sangre cántabra. Al caer el Imperio, estas familias locales simplemente retomaron el control total de sus valles.

Después de los romanos, muchos linajes nobles (como los Baró o los Velasco) decían ser "de raíz goda" por prestigio, porque los godos eran los reyes. La realidad es que era muy poco probable que un visigodo de Toledo se mudara a una cabaña en Liébana en el siglo VIII. Lo que ocurrió fue que los jefes cántabros locales (los ancestros de los BARÓ) se "visigotizaron" adoptaron nombres o alianzas con los nobles godos que huían de los musulmanes. Así, los Baró tampoco eran visigodos de sangre, sino nobles cántabros que asumieron el liderazgo político luego, cuando el reino visigodo también colapsó.

Si precisamos aún más, los BARÓ son vadinienses; el resultado de una población indígena que hablaba una lengua antigua (origen del nombre Bara), que se organizó como tribu guerrera (los cántabros), se bautizó y latinizó bajo Roma y los Godos (aparición de Alafont y Aragonti), y nunca fue expulsada.

Mientras que los visigodos perdieron su reino en una tarde junto al río Guadalete, los ancestros de los BARÓ llevaban siglos defendiendo el mismo valle y allí siguieron, viendo pasar a romanos, godos y musulmanes sin moverse de su predio.


Señores de los Picos

Los cántabros vadinienses fueron, posiblemente, el grupo étnico más fascinante de la Antigüedad en el norte de la Península Ibérica. “Señores de los Picosy descendientes de los artistas de Altamira (haplogrupo R1b-DF27), fueron nexo de unión entre la prehistoria salvaje de las montañas y la primera organización feudal de la zona. Entender a los vadinienses es entender la médula ósea de los BARÓ.

Los vadinienses eran una de las tribus que formaban la "Confederación Cántabra". Su territorio se centraba en las montañas que hoy dividen Cantabria, León y Asturias, ocupando precisamente el área de Liébana, el valle de Picos de Europa y la cabecera del río Esla.

Vadinia era su ciudad o centro espiritual, cuya ubicación exacta sigue siendo un misterio, aunque se sitúa cerca de Cistierna (León) o en los valles altos lebaniegos. Lo que sabemos de ellos es gracias a las estelas vadinienses; lápidas de piedra caliza, toscas pero imponentes, que se colocaban para recordar a los muertos, y que solían incluir el caballo (animal sagrado), el tejo (árbol de la vida y la muerte) y los círculos solares. En estas piedras se presentan nombres como Doidero, Tridiazo y, crucialmente, nombres terminados en -onti, que precisamente conecta directamente con la Aragonti que fundó Santa María de Baró en 831, demostrando que la onomástica vadiniense sobrevivió 800 años tras la conquista romana.

Los vadinenses fueron los últimos en ser sometidos por Roma durante las Guerras Cántabras (29-19 a.C.). Augusto tuvo que venir personalmente con siete legiones para doblegarlos. Y aunque los romanos construyeron infraestructura en su territorio, los vadinienses nunca abandonaron sus montañas ni su estructura de clanes (gentilitates). Simplemente "adoptaron" el latín para sus lápidas, pero siguieron viviendo bajo sus propias leyes.

Los geógrafos romanos (como Estrabón) se escandalizaban con las costumbres vadinienses. Eran sociedades matrilineales; la herencia pasaba de madres a hijas; y el hermano de la madre (tío) tenía más importancia en la educación de los hijos que el propio padre.

La arqueología en Liébana señala Valdebaró y los alrededores de Potes como puntos críticos para entender la expansión de la cultura vadiniense hacia el interior de la actual Cantabria. Aunque el núcleo con mayor densidad de hallazgos se encuentra en la vertiente leonesa (Cistierna, Riaño), existe un grupo de piezas halladas en la comarca lebaniega que vinculan directamente a los clanes locales con esta estirpe.

El punto más cercano a Valdevaró con epigrafía vadiniense es Luriezo. En esta localidad se han hallado estelas que los arqueólogos sitúan como el límite oriental de la influencia de los vadinienses. Estas piezas suelen presentar la característica cabecera semicircular y motivos de círculos solares o caballos. La presencia de estas piedras en Luriezo indica que los grupos que dominaban el acceso a Valdebaró compartían la misma identidad étnica y religiosa que los clanes del Esla. En el propio casco urbano de Potes o sus inmediaciones se han documentado fragmentos de estelas que, aunque a veces reutilizadas en muros de edificios religiosos o casas, conservan la simbología típica. La iconografía del caballo refleja una aristocracia guerrera que ya existía siglos antes de que los Velasco o los Baró fueran documentados. Si hay estelas vadinienses en Luriezo y Potes, se confirma que el valle donde se asienta el feudo de Baró fue el corazón de una unidad territorial vadiniense. Y los nombres que aparecen en esas piedras (Dovidero, Bodero, Pintamo) serían los ancestros biológicos de Aragonti.

De hecho sabemos que se llamaban a sí mismos (o eran reconocidos como) vadinienses porque ellos mismos lo dejaron escrito en piedra. A diferencia de otras tribus cántabras, los vadinienses desarrollaron una costumbre única en toda la Península: la autodefinición epigráfica. En sus lápidas (siglos I al IV d.C.), siempre escribían su nombre seguido de su "nación": "...gentis vadiniensis" (de la gente/tribu vadiniense).

Los últimos hallazgos en torno a Vadinia y su pueblo (2022-2026) han permitido identificar que existieron talleres o "officinas" especializadas en la talla de estelas. Se han encontrado patrones morfológicos compartidos que sugieren que familias nobles (como la que daría origen a los BARÓ) encargaban sus lápidas a artesanos específicos que se movían entre los valles.


Conclusión

El apellido BARÓ no es el resultado del azar toponímico, sino el sello de una estirpe de "hombres libres" que actuó como arquitectura viva en la fundación de los reinos cristianos del norte peninsular. Su historia no es una simple migración de un punto a otro, sino la crónica de una casa troncal unida por la sangre, el viñedo y la fe durante más de mil años.

La presente investigación ha permitido desarticular la narrativa tradicional que situaba el punto de partida de la estirpe en las tierras burgalesas de Las Merindades. A través del cruce de cartularios altomedievales, análisis onomásticos y crónicas monásticas, se ha reconstruido una trayectoria de más de mil años que define el patronímico no como una simple denominación familiar, sino como un sello de soberanía territorial nacido en el corazón de la montaña.

Frente a la teoría de una migración externa, la evidencia documental de 831 en el Cartulario de Santo Toribio de Liébana sitúa el kilómetro cero de los BARÓ en la fundación de Santa María de Baró. Los nombres de sus fundadores, Alafont y Aragonti, junto a la raíz toponímica Bara, revelan un estrato de nobleza autóctona cántabro-vadiniense.

Esta estirpe, protegida por la geografía inexpugnable de los Picos de Europa, representa la continuidad de una aristocracia que nunca fue sometida por la invasión musulmana. Los BARÓ no son, por tanto, repobladores de fortuna, sino la "reserva de sangre" de una España que nunca se perdió y que, a partir del siglo IX, comenzó a desbordar sus fronteras naturales.

Esta exploración ha revelado un patrón de "colonización de prestigio". Al compás de la expansión del Condado de Castilla, los BARÓ de Liébana se proyectaron hacia el Este y el Sur, replicando su identidad en nuevos territorios. La presencia de un Velasco de Baró (928-929) en Grañón y Herramélluri demuestra su papel como "técnicos de frontera", gestionando la defensa del Ebro junto al clan de los Velasco de Haro. Y en los Montes Obarenes, el linaje fundó un segundo Santa María de Baró, un señorío con jurisdicción civil y criminal que funcionaba como un duplicado exacto de su solar lebaniego.

El "espejo burgalés" explica justamente la confusión historiográfica posterior. La pérdida de los archivos antiguos de Obarenes por inundaciones y guerras ocultó el cordón umbilical que unía estas posesiones con la casa madre en Liébana, haciendo creer a los cronistas del siglo XIV en adelante que Casa Baró era originaria de Burgos.

La absorción del monasterio hospitalario de los BARÓ por el Imperial Monasterio de Obarenes en 1260 y la consolidación de ramas en Las Merindades y, más tarde en León (vinculadas a la casa de Guzmán), marcan la madurez del apellido. A pesar de los siglos y la distancia, los pleitos de hidalguía y los testamentos de los siglos XVI y XVII (como el de Juan de Baró en 1511) siguieron reclamando la pertenencia a ese "solar conocido", reconociendo implícitamente que su nobleza no emanaba de un decreto real, sino de la posesión inmemorial de la tierra.

De esta manera, el linaje es uno de los escasos ejemplos de continuidad absoluta entre el mundo hispano-romano y la modernidad. Partiendo de una raíz autóctona e invicta en Liébana, la familia supo adaptarse a la monarquía asturiana, liderar la expansión castellana y replicar su nombre en monasterios y señoríos estratégicos. Conocer este apellido representa recorrer la historia de una libertad que nunca fue entregada y de un nombre que, desde las cumbres de Valdebaró hasta los llanos de La Bureba, se mantuvo siempre vinculado al dominio de la tierra y la custodia de la fe.

Referencias

Documento de 831 (Fundación en Liébana)

 * Mínguez Fernández, J. M. (Ed.). (1976). Colección diplomática del Monasterio de Sahagún (Siglos IX y X). Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). [Incluye las referencias cruzadas al Cartulario de Santo Toribio de Liébana sobre la donación de Alafont y Aragonti a la iglesia de Santa María de Baró].

 * Sánchez Albornoz, C. (1971). Orígenes de la nación española: El Reino de Asturias. Instituto de Estudios Asturianos. (Obra de consulta para el contexto de las donaciones nobiliarias en Liébana en el siglo IX).

Documento de 928-929 (Velasco de Baró en Liébana y Grañón)

 * Sánchez Belda, L. (Ed.). (1948). Cartulario de Santo Toribio de Liébana. Archivo Histórico Nacional; Dirección General de Archivos y Bibliotecas. (Referencia específica para la escritura n.º 28, donde figura Velascus de Baro).

 * Ubieto Arteta, A. (Ed.). (1976). Cartulario de San Millán de la Cogolla (759-1076). Anubar Ediciones. (Fuente para las confirmaciones de testigos en Grañón y la zona del río Tirón en la década de 920).

Documento de 1011 (Privilegio de Oña - Diego Baró)

 * Del Álamo, J. (Ed.). (1950). Colección diplomática de San Salvador de Oña (822-1284). Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). (Referencia para el documento fundacional del Conde Sancho García donde firma Didaco Varo).

Documento de 1260 (Unión de Obarenes y Santa María de Baró)

 * Pascual Zaragoza, E. (2001). Abadalogio del Imperial Monasterio de Santa María de Obarenes (S. XII-XIX). Studia Monastica, 43(2), 335-371.

 * Argaiz, G. (1675). La Soledad Laureada por San Benito y sus hijos en las iglesias de España. Tomo VI. Reprod. facsímil. (Fuente original citada por Pascual Zaragoza para la descripción del valle de Obarenes y la jurisdicción de Baró).

Documento de 1511 (Testamento de Juan de Baró)

 * Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. (1511). Registro de Mayorazgos y Testamentos: Linaje Baró (Merindades). [Fondo documental]. (Referencia para la voluntad testamentaria y la reclamación del solar conocido en Burgos).

Complementarias

 * Atienza y Navajas, J. de. (1954). Nobiliario español: diccionario heráldico de apellidos españoles y de títulos nobiliarios (2ª ed.). Aguilar.

* Cadenas y Vicent, V. de. (1987). Repertorio de blasones de la comunidad hispánica. Instituto Salazar y Castro

* Canal Sánchez-Pagín, J. M. (1995). La Casa de los Velasco en el Reino de León. Cuadernos de Estudios Gallegos, 42(107), 11-38. (Referencia para entender la simbiosis entre los linajes de Liébana y el clan Velasco).

* Escagedo Salmón, M. (1925-1934). Solares montañeses: Viejos linajes de la provincia de Santander (Vols. 1-8). Imprenta de la Editorial Cantabria.

* García Carraffa, Alberto. Diccionario hispanoamericano de heráldica, onomástica y genealogía · García Carraffa, Arturo, 1885-1963.

* Madoz, P. (1845-1880). Diccionario georgráfico-estadístico-histórico de España y sus poseciones de Ultramar (16 volúmenes). Madrid: Est. Tipográfico-Editorial de P. Madoz y L. Sagasti.