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| Ruy de Baró |
En una entrada anterior, mencionábamos a Ruy de Baró, iniciador del linaje en Córdoba. Para comprender mejor su relevancia, profundizamos en esta su información.
El proceso de la Reconquista, término historiográfico con el que se conoce al prolongado periodo medieval de casi ocho siglos en el que los reinos cristianos peninsulares avanzaron militarmente para recuperar los territorios bajo dominio musulmán, transformó la geografía política de la península ibérica.
Esta profunda expansión conllevó un proceso paralelo de repoblación, es decir, el conjunto de medidas jurídicas, administrativas y migratorias destinadas a asentar habitantes cristianos, reorganizar el territorio y garantizar el control socioeconómico y militar de las tierras recién conquistadas.
En este escenario se trazó el mapa de los grandes linajes hidalgos que habrían de vertebrar la sociedad andaluza durante la Edad Media y Moderna, entre los que destaca la figura de Ruy de Baró, un militar e hidalgo cuya trayectoria en las campañas fernandinas, denominación que agrupa al conjunto de ofensivas militares lideradas por el rey Fernando III el Santo para conquistar el valle del Guadalquivir, marcó el inicio de la Casa de Baró, posteriormente derivada en Varo, en tierras cordobesas.
Rastrear a Ruy de Baró y a su hijo Fernando de Baró para determinar si fueron los primeros en abandonar tierras burgalesas exige situarse en el corazón de la expansión castellana del siglo XIII. Sus nombres aparecen estrechamente vinculados a la formación de las milicias armadas en la comarca de Burgos y Cantabria, así como a su posterior consolidación como pobladores en el valle del Guadalquivir. La estirpe hunde sus raíces más remotas en el solar toponímico de Baró en Camaleño, comarca de Liébana, aunque registros históricos conservados en el Monasterio de San Salvador de Oña vinculan también sus intereses con la Merindad de Losa en Burgos. El antecedente documentado más antiguo de esta antroponimia convertida en nombre de linaje se remonta al año 1011, fecha en la que un Diego Baró aparece como confirmante o testigo en el privilegio fundacional del Monasterio de Oña otorgado por el conde Sancho García.
A pesar del habitual vacío documental de los siglos XI y XII, la tradición nobiliaria de la casa sitúa como padre de Ruy a Gómez de Baró, caballero documentado hacia 1180 en Liébana al frente de la torre defensiva familiar y descendiente de la línea de aquel primer Diego, manteniéndose la familia como señores de behetría en la zona burgalesa y cantábrica.
Ruy de Baró representa la figura de transición clave y el patriarca del solar montañés a principios del siglo XIII. Poseedor de una hidalguía de sangre pura circunscrita al ámbito rural del norte, su estatus se respaldaba en la posesión de las tierras y privilegios vinculados a los documentos antiguos de Oña. Ruy es mencionado en crónicas menores como uno de los caballeros que acudió al llamamiento de Alfonso VIII para combatir en la Batalla de las Navas de Tolosa en 1212 integrado en las milicias concejiles de la zona de las Montañas. Estas milicias concejiles eran contingentes armados compuestos por vecinos de las villas y concejos de realengo convocados por la Corona para expediciones militares.
La participación de Ruy en las Navas de Tolosa no sólo sirvió de antecedente militar para la capitulación de Córdoba en 1236, sino que otorgó al linaje el prestigio y la legitimidad necesarios para la posterior proyección de su descendencia en el sur.
Tras la toma de Córdoba, el Repartimiento funcionó como un sistema estricto de recompensa e ingeniería social donde las concesiones se realizaban mediante una data o merced, la asignación o donación legal otorgada por el rey sobre viviendas, tierras o solares que pasaban a manos de los pobladores a cambio de su servicio militar. Dado que entre las Navas de Tolosa y la toma de Córdoba transcurrieron veinticuatro años, Ruy de Baró ya habría fallecido o alcanzado una avanzada edad, por lo que fue su hijo Fernando (Ferrand) de Baró quien actuó como verdadero agente de expansión y primer Baró cordobés de pleno derecho.
Mientras sus primos mantuvieron la propiedad de la Torre de Baró en el norte, Fernando consolidó el apellido en la frontera andaluza al ser reconocido como caballero de cuantía, categoría social que designaba al noble u hidalgo obligado a mantener caballo de guerra y armas propias a cambio de exenciones y privilegios.
Casado con una dama de apellido Sánchez de Velasco, lo que reforzaba sus vínculos familiares burgaleses, Fernando de Baró recibió en el repartimiento de 1236 las Casas Mayores situadas en la collación de San Nicolás de la Villa, asentamiento primigenio del apellido en la ciudad, así como fincas de olivar y cereal en la campiña cordobesa, en los actuales términos de Aguilar y Montilla. Este espacio urbano de San Nicolás preexistía en el trazado intramuros de la antigua Medina islámica, conocida tras la conquista como la Villa, adaptándose la mezquita andalusí de barrio como parroquia cristiana bajo la advocación de San Nicolás de Bari. De esta manera, Fernando convirtió la hidalguía montañesa de su padre en nobleza de servicio, transformando a la familia de pequeña nobleza rural en grandes terratenientes andaluces.
La cotidianidad de Fernando de Baró en Córdoba combinaba la supervisión de sus fincas agrícolas en la campiña con la constante preparación militar requerida en una zona de frontera expuesta a las incursiones del Reino Nazarí de Granada, además de su participación en la vida de su collación. Hoy dicha collación se corresponde con pleno Distrito Centro de Córdoba, abarcando el entorno comercial de la avenida del Gran Capitán y las calles Conde de Gondomar y San Felipe, a las puertas de la histórica Judería.
El linaje continuó a través de sus dos hijos: Gómez Fernández de Baró, quien heredó las Casas Mayores en San Nicolás de la Villa y perpetuó la rama cordobesa, y Ruy Fernández de Baró, que formó parte activa en la posterior toma de Sevilla en 1248. Las mercedes de tierras obtenidas por Fernando en la campiña constituyeron la herencia que consolidó a las ramas familiares asentadas en siglos posteriores en municipios como Aguilar de la Frontera, Santaella y Lucena.
La proyección histórica de este asentamiento se hizo patente cuando en 1569 Juan de Baró, vecino de Aguilar de la Frontera, pleiteó su probanza de nobleza ante la Real Chancillería de Granada. Los testigos del expediente declararon que el demandante pertenecía a «los Baró antiguos de la ciudad», haciendo referencia directa a la descendencia de Fernando de Baró de 1236 y permitiendo certificar su condición de hidalguía inmemorial «de los de Montaña». Así, el vínculo entre el solar primitivo de Liébana y Burgos y las ejecutorias de nobleza de la Edad Moderna en Andalucía quedó articulado a través de la gesta militar y repobladora de Ruy y Fernando de Baró.
